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jueves, 1 de septiembre de 2011

Reflexión

Receta para la Semana

Reflexionemos. . .   Proverbios 23. 13-19
13 No rehúses corregir al muchacho; Porque si lo castigas con vara, no morirá.  14 Lo castigarás con vara, Y librarás su alma del Seol.  15 Hijo mío, si tu corazón fuere sabio, También a mí se me alegrará el corazón; 16 Mis entrañas también se alegrarán Cuando tus labios hablaren cosas rectas.  17 No tenga tu corazón envidia de los pecadores, Antes persevera en el temor de Jehová todo el tiempo; 18 Porque ciertamente hay fin,  Y tu esperanza no será cortada. 19 Oye, hijo mío, y sé sabio, Y endereza tu corazón al camino.
En mis viajes por internet leí un artículo de la Dra. Sarah Jana Radcliffe, Psicóloga con Maestría  en Educación,  autora de cinco libros sobre vida familiar, entre ellos “Eduque a sus hijos sin levantar la voz”
En el  artículo la Dra. Radcliffe  escribe que a veces se  tiene que pegar cuatro gritos para que el chico preste atención y  cuando se  grita, por fin nos toman en serio. Cuanto más gritemos a nuestros hijos, mayor será la cantidad de hábitos nerviosos que van a desarrollar. Cuanto más gritemos, más problemas sociales tendrán nuestros hijos: serán víctimas de hostigamiento, o serán hostigadores, les costará hacer amigos y mantenerlos. Y, cuanto más gritemos, mayor será la tendencia de nuestros hijos a presentar falta de concentración para hacer los deberes.  Y todavía queda más para agregar. Si les gritamos ininterrumpidamente durante dos décadas (es decir, durante los años de la adolescencia) entonces, una vez adultos, tenderán a presentar: más desórdenes de personalidad, más problemas de relación, más depresión y ansiedad, más problemas de salud, más dificultades como padres, más disfunciones de todo tipo posible. Cuanto más gritemos a nuestros hijos, menos les vamos a agradar. Cuanto menos les agrademos, tanto menos querrán parecerse a nosotros. Al no identificarse con nosotros, posiblemente también rechacen nuestras enseñanzas, nuestros valores y cualquier cosa que queramos impartirles. Por eso, cuanto más gritemos, menos influiremos sobre nuestros hijos para que sigan por el camino que queremos que recorran. Y muy posiblemente nuestros nietos también reciban gritos porque hemos incorporado un "programa de gritos" a su crianza. Cuando les gritamos a nuestros hijos, también les estamos gritando a nuestros nietos, bisnietos y... a los que vendrán.
Tomemos  conciencia de que gritar no sirve, puesto que  por más que desgastemos  nuestra  garganta, nuestros gritos no tendrán  el efecto deseado.  Nuestros hijos o nietos  se acostumbraran al terrible volumen de nuestra voz  y nos quedaremos  hablando solos.  Pensemos  en los  resultados que esto trae y tomemos el tiempo para aprender  lo que Dios nos dice en Su palabra.  Los padres queremos  lo mejor para nuestros hijos, y que sean los mejores entre sus compañeros  pero a veces no sabemos cómo lograrlo.  La Biblia nos dice que debemos instruir a los niños en el mejor  camino,  que crezcan  amando a sus padres y al Señor y así,  cuando sean grandes no se aparten de las buenas instrucciones.  En el libro de Proverbios, Dios  nos da  formas  de educar, formas   que en el día de hoy no son  aceptadas, pero no hay mejor cosa que hacer que obedecer los que el Señor no indica.  Para que los niños no sean vergüenza para sus padres,  deben corregir a sus pequeños,  con  consejos, poniendo límites y consecuencias y por último castigos  físicos, una nalgadita dada en amor  hará que el niño nunca avergüence a sus padres.  Aún más la vida con los niños será placentera y llena de alegría.  “No rehúses corregir al muchacho;  porque si lo castigas con vara, no morirá.  Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol (Proverbios 23.13-14.)
Recordemos también lo que Pablo nos dice en Efesios: “padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” La disciplina debe ser dada con amor e información.
Hasta la próxima                                                                                                                                                Pbro. Ramón Celis G.                                                                                                                                                                Agosto 28, 2011 Número 193

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